Casa

Nadie dijo que sería fácil. No, yo sabía a lo que me enfrentaba, y a la vez, sería algo completamente nuevo para mí. Ha sido difícil, sí, pero satisfactorio. Pero aún así, es imposible evitar sentir nostalgia, y hasta un poco de tristeza. Por las noches mientras ceno en la soledad de una cocina vacía, y mi mente comienza a divagar en otro tiempo, en otro lugar; mientras por enésima vez en la semana como un sencillo sandwich de jamón, de esos de los que estaba tan harto de comer cuando no había otra cosa… Es grato y a la vez doloroso el recuerdo.

Llevo ya dos semanas viviendo por mi cuenta en la Ciudad de México; no completamente solo como tal, pues he estado en lugares compartidos. Pero aún una casa tan llena de gente, puede llegar a sentirse tan vacía, cuando nadie es conocido ni parece tener el más mínimo interés en serlo. Vivo con al rededor de 11 roomies, de los que apenas y conozco sus nombres y con los que nunca realmente entablo conversación. Ya saben que no soy el gran hablador, pero es algo triste vivir con tanta gente que no puede ni preguntar cómo están.

Extraño a muchas personas, extraño muchas cosas, por supuesto. Extraño a mi madre, extraño a mis amigos, a mis ex-compañeros de trabajo; extraño salir con ellos a pistear, o simplemente quedarnos en casa a jugar videojuegos o ver películas… y pistear. Extraño compartir un cigarro con alguien. Extraño tener a quién poder visitar de vez en cuando, y  que alguien me visite de vez en cuando. Extraño la comodidad de vivir sin tantas preocupaciones. Extraño mi cuarto, extraño mi bajo, extraño mis libros…

¿Y por qué estoy aquí, entonces? Sencillamente porque es lo que quiero, es lo que he querido desde algunos años, desde la primera vez que puse un pié en esta ciudad. Desde hace algunos meses comencé a buscar la oportunidad de hacerlo, de dejarlo todo y decir “chingue su madre, fuga“, y cuando se presentó la oportunidad, de la manera más repentina, no podía negarme a hacerlo. Tal vez no era el plan perfecto, puta, tal vez ni siquiera estuvo planeado correctamente… pero sabía que si no lo hacía en ese momento, y de esa manera, jamás lo haría. Quise obligarme a mí mismo a hacerlo, sin importar las consecuencias, sin importar lo arriesgado o difícil que fuera. No había tiempo para pensar las cosas dos veces. Así que me armé de coraje y dije “chingue su madre, fuga“. Lo dejé todo. Dejé a mi familia, dejé a mis amigos, dejé mi trabajo, dejé mi banda, dejé lo poco o quizá mucho que me esperaba allá, y decidí tomar otro rumbo: el rumbo que había querido tomar.

¿Que por qué no dije nada? Porque no tenía por qué hacerlo. Era mi plan, mi proyecto, y era yo quien lo llevaría a cabo. Nadie fuera de las personas que estarían ahí para verme partir tenía por qué enterarse. Nadie más que mi madre y mi mejor amigo. Ni siquiera al resto de mi familia se lo dije, porque sabía cómo responderían, y la verdad preferí ahorrarme disgustos. Sabía lo que evocarían e insinuarían, de tan mal gusto y tan poca relevancia. Además, en experiencias anteriores me formé una cierta fama que no deseaba que se repitiera, quería evitar comentarios desagradables o sarcásticos. No quería crear expectativas en nadie, mas que en mí mismo. Y, coloquialmente, no quería que se cebara mi plan por estarlo divulgando.

Pero no todo es malo aquí, de hecho, estoy muy feliz. Me encanta la ciudad, me encanta mi nuevo trabajo, me agradan mis compañeros de trabajo. Amo cómo todo es tan accesible aquí: el transporte, la comida, la vivienda. Y me emociona la inmensa cantidad de oportunidades que tengo para desarrollarme aquí en todos los aspectos. Sé que todo lo que viva aquí me ayudará a crecer en formas que no hubiera logrado en otro lugar. Apenas es el comienzo, y sé que vienen muchas cosas mejores aún… No pienso perdérmelas por nada.

Sé que habrá quien piense que estoy huyendo, y sí, tengo incontables motivos para haber huido. Pero de todos ellos, hay uno en especial que puedo admitir: Huí de quedarme estancado donde mismo por más tiempo, huí de no avanzar ni progresar para mi propio bien, huí de seguir encadenado a una zona de confort, huí de la idea de no cumplir mis metas. Siempre dicen que es mejor arrepentirse de lo que se hace, que de lo que no se hace. Y sí; en un futuro, prefiero arrepentirme de haber batallado, de que tal vez me pueda ir mal, de quedarme sin dinero y hacer lo impensable para comer, de haber dormido en un cuarto donde apenas y cabía, de la posibilidad de fracasar, pero al menos haber intentado. Sí, prefiero eso, a arrepentirme de no haberme arriesgado, de no haber dado el paso que tanto quería dar, de haber seguido atrapado sólo por no salir de mi zona de confort.

¿Qué es lo que me espera aquí? No tengo ni puta idea. Cosas mejores, espero. Pero es ese no tener idea de lo que me espera, lo que me motiva cada día a seguir adelante, y ese sentimiento de saber que, aunque sea por un poquito, estoy más cerca de cumplir mis más grandes metas en la vida.

Estás muy lejos de casa…” – me dicen.
No…” – respondo – “estoy en casa.

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