¿Dónde está mi Dios ahora?

Hablar de religión para mí es un tema delicado. Siendo algo que ha estado presente de una u otra forma en toda mi vida, no es sencillo hoy simplemente venir y “atacarla”, como muchos pensarían que estoy haciendo, o criticarla. Aclaro antes que nada que no estoy haciéndolo por rebeldía o ateísmo contemporáneo; respeto todas las religiones, claro, siempre y cuando me respeten a mí. Como dice una frase que me ha gustado mucho: “No tengo nada en contra de Dios, pero detesto su club de fans“. La devoción es una cosa, y otra completamente diferente es el fanatismo. O como dice otra frase aún mejor: “Trata a tu religión como a tu pene; está bien tener una, cuidarla y respetarla, pero no vayas por el mundo queriéndosela meter a todos“.

Todo mundo habla y se queja sobre las tan crueles y constantes violaciones físicas, pero, ¿alguien alguna vez se ha puesto a pensar en las violaciones espirituales? No, no me refiero a cuando una persona viola a otra durante una experiencia extra-corporal, sino a cuando, siguiendo el ejemplo de la segunda frase que mencioné, alguien intenta (o consigue) meterle su religión a alguien a la fuerza. Por impresionante que suene, es algo que ocurre más seguido de lo que nos gustaría admitir. ¿Cuántas veces no han tocado a nuestra puerta los mormones o testigos de Jehová? ¿Cuántas veces no nos hemos topado en la calle a esa gente dando trípticos sobre cómo todos vivimos en pecado y debemos arrepentirnos, o a ese loco a mitad de la calle, con letreros sobre la misma idea? Todo el tiempo, directa o indirectamente, nuestras creencias y valores se ven ultrajadas por fanáticos dementes forzándonos a unirnos a sus cultos, o tratando de implantar en nuestras mentes la semilla de la idea de que todo lo que hemos hecho en nuestra vida está mal y enfada al Ser Supremo, y para redimirnos debemos dar todas nuestras posesiones –principalmente monetarias– al pastor que nos guiará a la salvación. 

Condicionan nuestro bienestar y nuestra felicidad a cambio de obediencia y diezmos, y ante todo, castigan la desobediencia con su propia versión del infierno cada una. Llaman pecado a la desobediencia que es más bien la libertad de elegir hacer algo que pudiera no ser agradable a los ojos de un líder. Pecado, una palabra que ha adquirido tanto peso, tanta fuerza, pero que a la vez es tan efímera y carente de significado. ¿Se habían puesto a pensar que sin religión, no existiría el pecado? Así como no existe el crimen sin la ley; si haces algo que llamarían malo, pero no hay nadie para verlo y juzgarlo como tal, ¿realmente estás haciendo algo malo?

Pero oh, ese es el detalle. Siempre hay alguien, siempre estás siendo observado y juzgado. Es gracioso como una obra como 1984 (George Orwell), que describe una sociedad donde aspectos como la religión han sido erradicados, realmente describe cómo trabaja en realidad la religión sobre la gente. Actúa conforme a las reglas, pues siempre estás siendo observado; y la más mínima falta será castigada. Ten miedo, pero no lo llames miedo, llámalo respeto, llámalo obediencia. No tengas sexo si no es para concebir una familia, y eso sólo después de un requisitoso acuerdo. Ama al Gran Hermano al que nunca has visto, pero siempre te observa; y recuerda que toda historia que lo contradiga es mentira, no hay verdad más absoluta que la que nosotros te digamos, cuando te lo digamos. ¿Suena familiar? Pues para venir de una novela supuestamente de ficción, es aterradoramente real. Es el caso que se da en muchas religiones: haz lo que te digo cuando te digo que lo hagas y sin cuestionarme, o serás castigado. El infierno es la sentencia más temida, una eternidad de sufrimiento y retribución de el mal que hacemos; pero, ¿no es entonces un infierno el vivir de esa manera? Vivimos ya el castigo por un mal que no hemos cometido, condicionados a nuestras acciones a costa del miedo. ¿Es esa la armonía, la paz que busca la religión para quienes la practican?

En ese sentido, la religión es como la pareja abusiva, celosa y exigente, que con promesas de amor eterno reclama todo lo que uno es y tiene, pero desata su apocalíptica furia a la primera y más mínima falla. ¿Es ese el concepto de amor que tanto predican? ¿Qué ejemplo de amor y respeto puede predicar una religión que literalmente mata a quienes se le oponen, cuando al mismo tiempo considera al asesinato como una de las faltas más graves que existen? O sea, “no mates, o te mato si matas“. Oye, ¿qué? “Es malo meterle tu pene a alguien a la fuerza, pero es completamente bueno meterte mis creencias a la fuerza“. Ooooooookay…

Por eso es que sigo afirmando, que las personas fanáticamente religiosas son de las personas más hipócritas que existen. No estoy generalizando en ninguna forma. He conocido gente de diversas religiones, y por tanto he conocido buenos religiosos, como malos religiosos. Así como he conocido gente atea, buenos ateos y malos ateos. Porque en cierta forma el ateísmo puede ser considerado una religión,  y bajo el mismo contexto que he manejado en este artículo, hay quienes tratarán de ensartarte su ateísmo por donde puedan. De igual forma, tengo amigos cristianos, cuya religión no ha sido impedimento para nuestra amistad; tengo incluso familiares cristianos, que aún siendo familia no tratan de influenciarme ni convertirme. Pero así también, cuando estaba en universidad salía con una chica cristiana (aunque ella se esmeraba en ocultarlo, porque para su religión y su familia era incorrecto), y era una persona completamente falsa, mustia e hipócrita. Era de esas personas que en el templo (ya que como la persona de mente abierta que soy, accedí a acompañarla) se arrodillaban y lloraban con euforia ante la imagen de Jesucristo, pero fuera de éste, era una persona mamona y manipuladora. Influenció a varias personas para unirse a su religión, haciéndolo ver como que les había guiado hacia el buen camino, el camino correcto, cuando más lo necesitaban. ¿Alguna vez han visto una película cristiana? Todas (o al menos la mayoría, o las que he llegado a ver por alguna razón) tienen la misma trama: Una persona o familia opulenta y pudiente sufre una tragedia que ni todas sus riquezas pueden resolver, tocan fondo, se hunden en depresión, bebida y drogas, hasta que llega alguien y les da una Biblia, y encuentran el consuelo que tanto buscaban, así que dedican su vida a repetir el ciclo en otras personas o familias sumidas en la tragedia. Opcionalmente donan todas sus riquezas al templo, casual. ¿No es esto de lo que se alimentan tantas religiones, de la desesperación y necesidad del hombre por consuelo? Ahora bien, por aquel entonces era yo un viejo borracho y fumador (ok, sigo siéndolo), lo cual no era del agrado de la hembra en cuestión, así que trató de hacerme dejarlo. Amm, ¿perdón? ¿Acaso lo hacía por “salvar mi alma“? ¿Acaso es pecado beber y fumar? Es ahí donde encuentro otro gran dilema, ¿cómo una religión puede definir eso como pecado?, en especial una que habla de alguien que convertía el agua en vino. Además, he conocido cristianos que beben y fuman, y eso no los vuelve ni peores personas, ni peores cristianos. ¿cómo alguien que encima de todo, negaba tener algo conmigo por ir en contra de su religión, podía llegar y juzgarme por algo que hago, sólo porque para su religión está mal? ¿Ven por qué creo que son las personas más hipócritas? Como dice la misma Biblia, ven la paja en el ojo ajeno, pero no ven el pajar en el propio, o algo así. Ahora, ¿acaso trataba ella así de convertirme a su religión? Pues, según ella, no era así, ¿y saben por qué? Decía, “porque yo no tengo una religión qué cambiar”. A ver, ¿PERDÓOOOOOOOOOOOOOOOON? ¿Qué se supone que significa eso? ¿Encima de todo se siente con el derecho de llegar y juzgar si tengo una creencia o no? ¿Qué o quién le da ese derecho? ¿Su religión? ¿Su Dios? ¿Quienes tanto predican la igualdad y la tolerancia, le dan el derecho a juzgarme por pensar o creer diferente a ella? ¿Ven por qué reniego tanto de esas religiones? ¿Ahora ven que tener una religión no te hace mejor a otros, así como no tenerla no te hace peor?

Entonces, ¿cuál es mi religión? Es una pregunta capciosa. Si me preguntan así de repente, lo más probable es que por costumbre responda que soy católico. Es eso, o dar una extensa explicación de por qué no sigo realmente ninguna doctrina religiosa, probablemente terminando con un enlace a este artículo. Me crié en un hogar católico, estudié en colegio católico por 12 años (lo cual debo agregar, como ya han de saber, fue una tortura indescriptible), fui bautizado, presentado, tuve primera comunión, todo como católico. Y por muchos años seguí esa doctrina, porque fue la que se me inculcó desde el momento en que nací. Tal vez no me dieron a elegir, pero seamos sinceros, ¿a quién le dan a elegir su religión al nacer? Digo, si me hubiera preguntado cuando nací, lo más probable es que hubiera respondido cagándome encima, clásico de bebés, casual. Pero cuando crecí y me creé mi propio criterio, y me di cuenta de cómo funcionan tantas religiones, llegué a un punto en que me preguntaba a mí mismo, mimismo, ¿realmente sigo siendo católico? Ya no estaba en escuela católica, ya no asistía a misa, ya no participaba como antes en las celebraciones religiosas de la familia… Aunque ya no me describiría como católico totalmente, debo admitir que sigue siendo parte de lo que soy, conservo las ideologías que considero útiles para una vida y una convivencia amena; conservo la creencia en un Ser Supremo, lo llamen como lo llamen, conservo la idea del perdón, de la paz, de la gratitud. Pero no voy a misa, me empaco de chicharrón aunque sea viernes de cuaresma, y no rezo el rosario. ¿Pero eso me hace mala persona acaso? No me considero católico, pero conservo las enseñanzas que, así como la católica, cualquier otra religión pudo haberme provisto. No me considero cristiano, fumo, tomo y fornico como tanto critican los seguidores de esa doctrina, aunque prácticamente la mitad de mi familia sean cristianos. No me considero judío, no estoy circuncidado, y como ya dije, me encanta el chicharrón, jamón, tocino, chuletas y todo lo que venga del cerdo, aunque mis ancestros sean judíos y en su memoria yo porte en mi cuello la Estrella de David. Sin embargo, todos necesitamos algo en qué creer, todos necesitamos algo o alguien en qué depositar nuestra fe, sea quien sea, o lo que sea. Así sea un carpintero mágico, un gordito alegre, un elefante de múltiples extremidades, o incluso una estatua de oro en forma de chivo; incluso si es en nosotros mismos, nuestros familiares, o en David Hasselhoff, todos necesitamos depositar nuestra fe en algo o alguien, que en nuestros más bajos momentos esté ahí para levantarnos, y en nuestros más grandes éxtasis esté ahí para vernos volar. Algo o alguien con quien compartir y agradecer hasta el más pequeño acontecimiento, y cada nuevo día que despertamos.

Una religión no es un montón de reglas qué seguir por miedo al infierno, no es llenar tu casa de imágenes o figuras, ni pasar horas en un templo orando o haciendo ejercicios aeróbicos con tanto sentarse e hincarse. Yo no quiero una religión que me diga qué hacer, qué comer, cómo actuar, dónde pasar los domingos; no quiero una religión que me venda mi salvación por un porcentaje de mis ingresos; no quiero una religión que se base en el miedo, la intimidación, ni que castigue a quienes no la comparten; no quiero una religión de hipócritas que seis días a la semana dan rienda suelta a sus placeres prohibidos, y encuentran su salvación con una hora de rodillas el séptimo día. No quiero una religión, realmente; quiero simplemente seguir mis ideales de hacer el bien a otros como lo haría para mí, quiero respetar a todos como espero que se me respete a mí. ¿Eres católico? ¿Eres cristiano? ¿Eres ateo? ¿Eres cientólogo? ¿Eres movimentario? ¡Bien por ti! Es tú religión, no mía, guárdala para ti. Son tus creencias, y las respetaré en tanto tú respetes las mías. Es tu Dios, o el nombre que tú le das, déjalo para ti. Pero, ¿dónde está mi Dios ahora? …Está en mí, está en todos. Aunque no le dé el mismo nombre que tú, aunque no lo visite en el mismo templo que tú, ni le hable en tu mismo idioma. Así que, ¿dónde está tu Dios ahora?

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