Soy de esas personas a las que les vale verga la vida, tentando al peligro a cada momento. Ya saben, cruzo el periférico a la mala, me le atravieso a los camiones, trago tacos en la calle, consumo sustancias nocivas en cantidades que quizá una persona de tamaño y peso común no toleraría. ¿Pero saben algo? Si una vez en mi vida he visto la muerte realmente cerca, no fue por ninguna de esas cosas, sino fue la vez que por alguna razón fui al puto Puente de Ojuela.

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Para los que no saben de qué chingados hablo, el Puente de Ojuela es, pues un puente. Es un punto turístico en las cercanías de Mapimí, Durango, y pues sí, es un puente antiguo que conecta los cerros del lugar donde se realizaban labores de minería. Hoy en día se ha vuelto en una atracción turística de la zona, por lo que es común que jóvenes aventureros decidan visitarlo con frecuencia.

Ocurrió en aquella época en que yo estudiaba la universidad; cierto día mis compañeros y yo planeamos, por alguna estúpida razón seguramente, huir de clases temprano e ir a visitar el dichoso puente. Así que al día siguiente, nos reunimos en la escuela, y entre clases nos escabullimos fuera del edificio y agarramos camino a nuestro turístico destino. Dado que éramos varios, nos distribuimos en dos vehículos: una camioneta y un carro promedio. Como disfruto ir con el aire y el terregal en la jeta, decidí irme en la caja de la camioneta, aparte de para no ir todo apretado en la parte de adelante, lo que sería demasiado incómodo con mi colosal estatura. Dicha camioneta era de un compañero que era con quien dos compañeras y yo hacíamos carpool cada mañana, y esto es un factor importante, ya que, así lo hicimos ese día también, y como cada día, cargábamos 50 pesos de gasolina para el trayecto a la escuela y de regreso. Eso fue lo que comenzó a joder las cosas, ya que, de alguna forma, el cabrón tal vez pensaba que con esos mismos 50 pesos sería suficiente para ir a la escuela, al puente, y de regreso. Pobre chavo pendejo, y pobres pendejos que íbamos con él. Total, no nos dimos cuenta de dicha pendejada, sino hasta que ya íbamos de camino, y de pronto comenzó a fallar la camioneta. Nos detuvimos a mitad de la carretera para averiguar cuál sería el problema. Por desgracia ninguno de nosotros tenía conocimientos de mecánica y esos pedos, así que luego de valer verga un rato, llegamos a la fabulosa conclusión de que quizá sería el hecho de que teníamos sólo 50 pesos de gasolina para llevar una camioneta cargada de cabrones desde Lerdo a Mapimí. Por suerte estábamos cerca del poblado próximo y una gasolinera, así que alcanzamos a llegar y cargar otros 100 pesotes de la verde. Gasolina, me refiero.

Así que continuamos nuestro camino, y ya estando cerca de Mapimí, nuevamente hubo problemas con la camioneta. Esta vez se quedó muerta a media curva en la carretera, y ya no quiso moverse de ahí. Y ahí estábamos, como pendejos a media carretera esperando por ayuda, cuando milagrosamente pasó otra camioneta que se detuvo y accedió a ayudarnos a llegar a Mapimí jalando la camioneta. Una vez ahí, buscamos rápidamente un taller donde pudieran revisar y posiblemente reparar el vehículo. Resulta que el mentado cacharro iba tirando aceite, y terminamos gastando todo el dinero que nos quedaba en la reparación, que consistió literalmente en ponerle un parche y aceite quemado, nomas pa’ que aguantara. Exhaustos, nos dispusimos a comer lonches improvisados en lo que reparaban la camioneta, pues ya pasaba del medio día.

Fue entonces cuando comenzamos a preguntarnos si aún sería seguro ir al puente, con la camioneta en ese estado y ya a esa hora. Pero después de meditarlo un momento, dijimos, chingue su madre, vamos. Ya estábamos ahí, no íbamos a haber dado la vuelta para nada, y contra toda probabilidad a nuestro favor, nos dirigimos al cerro donde se encuentra el puente. Al llegar a la caseta de vigilancia de éste, nos detuvo un guardia para cobrarnos la cuota de admisión; pero le contamos nuestra triste y trágica realidad: somos estudiantes pobres y hambreados, venimos desde no sé dónde, y nos gastamos todo nuestro dinero en arreglar este cacharro en el que venimos. El hombre se compadeció de nosotros y nos dejó pasar, así que emprendimos el camino y el ascenso hasta el puente.

Y ahí fue cuando las cosas se empezaron a poner feas. Sí, aún más feas. Obviamente subir una camioneta por un cerro, en esas condiciones y cargada de gente, en una pendiente tan inclinada, no sería tarea fácil y requeriría de mucha destreza y sobretodo paciencia. Todo iba muy bien, cuando estando cerca de llegar a nuestro destino, cuando justo después de una curva, repentinamente el motor de la camioneta se apagó y se detuvo unos instantes, antes de comenzar a avanzar nuevamente… hacia atrás. Tardamos unos segundos en darnos cuenta de lo que sucedía, y en ese momento comenzamos a gritar desesperadamente al conductor para que pisara el freno, lo cual asumo debió haber sido –por instinto o sentido común– lo primero que pensara en hacer. Al ver que no había respuesta, algunos comenzaron a saltar fuera de la camioneta; yo por mi parte, me quedé sentado ahí, contemplando mi inminente perdición. Nos dirigíamos cada vez más rápido hacia una larga e indudablemente dolorosa caída a las faldas del cerro, y peor aún, detrás de nosotros apareció el otro auto donde iban el resto de nosotros. “Al menos nos los cargaremos junto con nosotros“, pensé como intentando dar un poco de humor a la situación. De pronto, la camioneta comenzó a avanzar hacia un lado, acercándose cada vez más a la pared del cerro, hasta comenzar a raspar terminando por golpear con una roca saliente, deteniéndose por completo. Justo a tiempo, antes de llegar a donde estaba el otro carro.

Luego de entrar en razón de lo que acababa de suceder, bajamos de los vehículos para verificar que todos estuviéramos bien. Tras asegurarnos de estar vivos y completos, y una vez pasado el susto, comenzamos a tomar fotos del lugar y la situación. Si en aquellos años hubiera sido popular el uso de hashtags, seguramente hubiéramos llenado nuestras redes sociales de fotos con “#CasiMeMuero“, o algo así. Ya estábamos ahí, casi en nuestro destino, así que subimos el resto del trayecto caminando, mientras un trabajador del puente nos ayudó a subir la camioneta. Mientras caminábamos, alguien dijo al conductor de la camioneta: “wey, qué bueno que giraste el volante hacia ese lado, te la rifaste.“, a lo que él respondió nerviosamente y con su afeminado tono: “ay no, yo solté el volante“. “¿¡QUÉ!?“, nos preguntamos todos inmediatamente. Estábamos a punto de caer del puto cerro en su camioneta, y lo único que se le ocurre hacer es soltar el volante, puto genio. Entiendo que el susto pudo bloquear que pensara correctamente para idear un plan rápido, pero, ¿soltar el volante? Pero por suerte, milagro o intervención divina, topamos con la roca que detuvo la camioneta, salvándonos la vida. Esa roca se llevó todo el crédito, en vez del marica al volante.

Ya estando en piso plano, ya al inicio del puente, decidimos aprovechar la visita, si ya habíamos arriesgado la pinche vida para llegar ahí, lo menos que podíamos hacer era hacerlo valer. Así que cruzamos el vertiginoso puente, exploramos las minas, el cerro, y habiendo satisfecho nuestro instinto de exploración, bajamos el cerro con más cuidado que nunca, y regresamos a nuestros respectivos hogares, agradeciendo cada quien a lo que fuera que creyéramos, el haber sobrevivido a tan extrema experiencia.

Pero, ¿qué fue lo que hizo que fallara la camioneta durante el ascenso? Resulta que el conductor, ya desesperado por todo lo que había ocurrido, y ansioso por llegar ya, decidió subir a segunda velocidad, matando el vehículo en el proceso. Así es, todo por su babosada e impaciencia. Desde entonces decidí mejor irme en camión a la escuela, y nunca, nunca en mi pinche vida, volver a ir a ese puente.

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One thought on “Cómo casi muero (y arrastro a otros conmigo)

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