Fue hace aproximadamente 12 años, estaba en preparatoria y comenzaba a tocar en una bandilla pedorra con algunos compañeros de la escuela. Yo era uno de tres guitarristas que había en la banda, lo cual nos llegó a parecer excesivo en un momento; el momento en que algún otro de los miembros preguntó: “¿quién va a ser el bajista?“. Por alguna razón, y sin pensarlo, respondí inmediatamente: “Eeh… Yo mero“. Fue la mejor decisión que he tomado en mi vida.

No sé por qué, no sabía nada sobre bajo, no tenía un bajo… Sin embargo, fue como si un impulso desde otro tiempo y otro lugar me hiciera responder. No tenía ni idea de lo que me esperaba, mucho menos lo que le esperaba a mis dedos; pero fue así como nació lo que años más tarde se convertiría en El Bajista del Terror.

Al poco tiempo compré mi primer bajo, un Fender P-Bass de segunda mano, color negro, al que llamé Ikki, por la estampa de un fénix que tenía pegada. Sin necesidad de tutoría alguna, rápidamente comencé a aprender el instrumento con suma facilidad. Los temas que tocaba en aquel entonces eran relativamente sencillos, y no fue gran problema aprenderlos. Pero conforme más canciones tocaba, más me daba cuenta de algo, el dilema del bajista. “Nadie escucha al bajista”, es lo que todos decían. Comencé a sentir cierto disgusto por ser simplemente un acompañamiento para la batería, y una base para la guitarra, no quería sólo repetir una nota mientras la guitarra se llevaba todo el crédito. Esto incluso me llevó a una discusión con un baterista en una antigua banda en la que estuve, quien pretendía decirme qué, cómo, y cuándo tocar. No, yo quería ser escuchado, yo quería tener mis riffs, quería tener mis solos. Así que comencé a improvisar, a meter arreglos donde creí conveniente, a resaltar.

El auge de mi propósito se logró con una de mis antiguas bandas, Episodic Memories, cuando comenzamos a componer nuestras propias rolas, y tuve la oportunidad de desarrollar las líneas de bajo yo mismo. Comencé improvisando mientras los demás tocaban, y poco a poco fueron naciendo líneas que los dejarían impresionados, al punto de que muchas personas confundían el sonido de mi bajo con el de una guitarra. Misión cumplida.

Pero no fue sino hasta nuestra primera presentación, donde realmente nació lo que crecería para volverse el bajista que soy ahora. Hacía ya muchos años que yo había superado el pánico escénico, y tocar para mí era una experiencia liberadora, a la vez que parecía ser esclavo de una posesión que me hacía sacudir la cabeza y el cuerpo entero al ritmo de lo que tocaba; era como si fuera otro ser controlándome. Fue ahí, en esa primera tocada, que nació el apodo de El Bajista del Terror, y así se quedó.

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Seguí tocando, y practicando, y buscando siempre mejorar, hasta el día en que, por problemas económicos, tuve que vender a Ikki… Realmente me dolió mucho deshacerme de él, pero sabía que pronto llegaría a mí otro bajo. Y no fue sino hasta años después que conseguí a Nikki (¿comienzan a notar un patrón?), al que llamé así en honor a Nikki Sixx, bajista de Mötley Crue, y al que aún conservo. Sin embargo, durante el tiempo que compré a Nikki, no estuve en ninguna banda, por cuestiones de escuela, trabajo, y esas cosas. Pero siempre que tenía oportunidad practicaba un rato, recordaba las viejas canciones que tocaba antes, e intentaba ampliar mi repertorio con nuevas piezas cada que podía. Entonces llegó el 2015, y a mediados de este, Behold Existence.

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Luego de las fallas de su primer bajista, mis amigos de dicha banda decidieron contactarme para unirme a ellos. Me sentí tanto halagado como impresionado, nunca había tocado nada parecido a su género, realmente no me sentía capaz de lograrlo, pero tenía que intentarlo al menos. Pero entonces surgió el primer inconveniente: cuatro cuerdas no eran suficientes, necesitaba subir de nivel. Así, a finales del año y con mi aguinaldo y algunos ahorros en mano, logré hacerme con mi actual y consentido bajo de cinco cuerdas, Loki, llamado así por el personaje de Marvel Comics y su característico color verde. Cuando recién recibí las tablaturas de las canciones que habían compuesto, mi primera y honesta reacción fue “no mames, ¿cómo chingados voy a tocar esto?“. Su complejidad era por mucho superior a cualquier otra cosa que hubiera tocado antes. Intento tras intento, fallé miserablemente incontables veces. Mis dedos no eran lo suficientemente veloces ni fuertes para el djent… Pero no me di por vencido, era el reto más grande que había enfrentado como bajista, y no iba a dejar que me venciera, no, no al Bajista del Terror.

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¡Hasta que mis dedos griten por piedad!“, me dije a mí mismo, y tras varias noches de terminar con los dedos temblorosos y acalambrados, finalmente logré tocar las rolas de la banda. Verme y escucharme a mí mismo tocando a tal nivel fue una experiencia impresionante y satisfactoria, no podía creerlo al principio. Y cuando finalmente me convencí de mis propias habilidades, sabía que no era momento de detenerse, era momento de seguir mejorando, día tras día.

Por fin, llegó la primera presentación de Behold Existence. A pesar de que fue corta, pudimos lucir nuestros mejores temas, e inmediatamente después de eso, comenzaron a llegar invitaciones a más eventos. Realmente hemos sido una banda única en cuanto a estilo, y me siento muy orgulloso de poder ser parte de eso, por todo el camino que recorrí para llegar ahí, y todo el esfuerzo que me costó lograrlo. Pero aún más que eso, no fue sino hasta la segunda presentación, que me daría cuenta de lo que todo ese esfuerzo, tiempo, y dolor de dedos traerían a mi vida: el comienzo de una gran y bella historia.

Definitivamente, la mejor decisión que he tomado en mi vida.

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