Hace algunos años recibí noticia sobre el entonces reciente fallecimiento de mi padre. Fue algo tan inesperado, como innecesario. ¿Qué se supone que debía sentir ante eso? Cualquier otra persona quizá se habría sentido devastada ante la noticia de que su padre ha muerto. A otros quizá les sería indiferente; y para algunos, por qué no, incluso podría ser motivo de celebración. Pero, ¿qué representó esa noticia para mí? Ciertamente, no fue nada sencillo.

No conozco forma de resentir la pérdida de alguien a quien no se conoce; todo lo que sabía de él hasta entonces no era más que la descripción de la horrible persona que era, sus atrocidades hacia mi familia, y cómo supuestamente juró llevarme con él en cuanto hallara la oportunidad (y bueno, espero ya no la encuentre, pues dudo que llegue a gustarme el lugar a donde me llevaría ahora…). Puta, ni siquiera su nombre conocía. ¿Se imaginan lo horriblemente incómodo que fue crecer así? ¿Esas clases en la primaria en que se habla de la familia, y sólo quedarme callado y con un nudo en la garganta cuando me preguntaban quién o qué era mi padre?

No fue sino hasta después de su muerte que conocí su nombre, qué hacía de su vida, y qué fue de su vida después del para él aparentemente insignificante hecho de mi existencia. Pero fuera de todos los escabrosos detalles, aprendí también que teníamos más en común de lo que creí, aún sin siquiera conocernos.

Pero con eso, me atacó otra indescriptible sensación de desesperanza. Nunca lo conocí, y ahora, no importa cuánto lo desee, no importa cuánto lo busque, nunca podré conocerlo. Ciertamente nunca tuve urgencia o necesidad alguna por conocerlo durante mi infancia, aunque llegara a imaginar cómo sería mi vida después de eso. Realmente no habría gran diferencia, toda mi vida hasta entonces fue como un extraño, y conocerlo no hubiera cambiado gran cosa. Tal vez lo habría llamado “papá” por mero instinto pero, dudo haber llegado a sentirlo como tal. Nadie en mi vida nunca tuvo ni tendrá el derecho a llamarse mi padre, ni siquiera mi propio padre.

Entonces, ¿cómo se supone que afrontara tal amalgama de emociones? Una tristeza sin fundamento y el vacío de algo que jamás podrá realizarse. La muerte de un desconocido que debería resentir, por alguna razón. Meses más tarde me encontraría en una situación similar: el primer proyecto luciérnaga.

Haya sido verdad o no, cuestión que quizá jamás podré aclarar, el recibir la noticia de que yo mismo sería padre fue una pequeña luz sobresaliendo de entre tanta penumbra por la que atravesaba entonces, de ahí el nombre. Sin embargo, el gusto me fue arrebatado bruscamente por supuestas complicaciones fisiológicas que llevaron a la extinción de la apenas incandescente luz. Nuevamente me fue robada la oportunidad de conocer a alguien de quien no sabía absolutamente nada, pero que anhelaba algún día conocer. Pero, ¿alguien? ¿Realmente era prudente llamar “alguien” a lo que era básicamente un cúmulo de células? No voy a comenzar un debate que llevaría a discutir la legalidad del aborto, pero sólo me quedaré con lo que ese montón de células representaba para mí. Era como si la vida fuera un enorme bravucón sosteniendo sobre mi cabeza mi más grande meta en la vida, tanteándome para hacerme creer que puedo tomarla, sólo para alzarla más mientras se burla de mí y mi inhabilidad de llegar más alto, y luego destrozándola en sus manos y arrojándola a la basura. Así fue básicamente como me sentí, nuevamente despojado de algo que añoraba en mi vida. Pero aún debo reiterar, que el proyecto luciérnaga puede no ser más que una obra de ficción.

Y fue así como, habiendo perdido mi ascendencia y descendencia inmediatas, finalmente pude enfrentarlo debidamente. Tal vez no fue de la forma más convencional pero, había perdido a dos de las personas más inmediatas a mí, genealógicamente hablando. He tenido más pérdidas en la familia, pero no tan inmediatas realmente, y no me han llevado por un duelo tan confuso e incómodo como el de mi padre e hijo. Me acechaban sueños sobre un bebé sin rostro en brazos de la última persona que querría ver en el mundo, traté de ocultar mi pena tras la máscara de un alegre bebedor. Por muchos meses, o quizá años después de eso, no toleraba escuchar pláticas sobre bebés, fueran de quien fueran, mucho menos sobre lo que pudo haber sido el mío. Odiaba ver padres felices con sus hijos, odiaba ver familias felices. No podía saber de nada que me recordara ni remotamente algo que tuviera que ver con familias.

Si he de ser sincero, aún no me siento completamente liberado de tales emociones. Quizá no lo exprese como entonces, pero aunque tal vez pueda llegar a la aceptación, sé que siempre quedará esa espina de haber perdido seres por quienes tal vez no sentía nada, pero deseaba conocer, y que ni ahora, ni nunca, podré conocerlos. Sigue ahí, simplemente clavada en el mismo lugar. Sin enterrarse más, ni menos. Es un dolor tan constante que de pronto comienzas a negarlo, sólo porque estás tan acostumbrado a él. Pero si algo llega y mueve la espina, comienzas a notarlo de nuevo, hasta que eventualmente, te vuelves a acostumbrar y dejas de notarlo. Y así, sucesivamente.

Por eso, a mis fantasmas, ángeles y demoniosdonde quiera que estén, desde donde quiera que me observen: que descansen en paz, con la paz que me han arrebatado a mí.

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4 thoughts on “Sobre mis fantasmas, ángeles y demonios

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