Ir a acampar es una experiencia memorable. El aire fresco, estar en contacto con la naturaleza, explorar los caminos… lo hace a uno entrar en contacto con algún latente lado primitivo que reprimimos ante la civilización. Y eso fue exactamente lo que me sucedió en mi salida a acampar el año pasado.

Llevábamos algún tiempo planeando ese viaje, decidiendo el destino y las actividades a realizar. Finalmente, nos decidimos por el Cañón de Fernández, una reserva natural no muy lejos de nosotros. Así que hacia allá emprendimos el viaje, y tras casi dos horas de camino, durante el cual dudamos varias veces sobre haber perdido el rumbo, finalmente llegamos a un área adecuada para instalarnos. Aunque instalarnos significara únicamente bajar la hielera y un par de cobijas para poner sobre el suelo para poder sentarnos. Para la mayoría de nosotros, era nuestra primera salida a acampar, así que no sabíamos muy bien qué necesitaríamos. Sí, sabíamos que necesitaríamos tiendas de acampar, pero todo fue tan improvisado y apresurado que no hubo tiempo de conseguirlas. Pero eso no fue impedimento para pasarla bien. 

Apenas llegamos, fue como si mi lado salvaje se apoderara de mí. Rápidamente me saqué la playera y me la amarré en la cabeza, busqué una vara larga y resistente para usar como bastón y soporte (que terminamos apodando “La vara del sabio”), y simplemente me dejé llevar por el instinto. Lo primero que hicimos fue meternos al pequeño río que cruzaba por ahí para refrescarnos un poco, aún con el agua helada y las resbaladizas rocas del fondo. Comenzando a caer la noche, era hora de preparar el fuego para la cena, y para no congelarnos durante la noche. Por supuesto que, junto con las carnes para la discada que cenaríamos, habíamos empacado una hielera llena de cerveza. Eso y los cigarros no podían faltar en nuestro viaje por la naturaleza. Así que cenamos amenamente y continuamos bebiendo durante un buen rato. Después de esto salimos a explorar los alrededores, hasta donde la tenue luz de la luna nos permitía ver, pues se había descompuesto la única linterna que llevábamos. Recorrimos las faldas de un cerro cercano y un pequeño sendero que dirigía hacia donde nos ubicamos para acampar.

Regresando de nuestra caminata, alcoholizado y ya fatigado, sólo pude tirarme sobre unas cobijas en el suelo, y al poco tiempo estaba profundamente dormido, o quizá desmayado. Unas horas más tarde, desperté repentinamente tras escuchar un extraño sonido, similar a un grito corto y apagado, pero a la vez parecido al llanto de algún animal, o quizás un ave. Apenas abrí los ojos, unos de mis amigos, quien aún se hallaba sentado frente a la fogata, se volvió hacia mí y me preguntó “¿escuchaste eso?“. Asentí y afirmé mi incertidumbre sobre la fuente del extraño sonido, y comenzamos a especular por un rato sobre ello, aunque a la fecha aún lo desconocemos. Un rato más tarde, nuevamente agotado, decidí volver a dormir; me acomodé en el mismo lugar que antes y me dispuse a descansar, lo que luego se vería perturbado por el frío de la madrugada. Sin poder despertar completamente, únicamente temblaba como reflejo ante la baja temperatura; otro de mis amigos, al ver esto, me cubrió con una toalla tratando de aliviar un poco mi escalofrío. Obviamente una toalla no era suficiente para cubrirme del todo, así que en cuanto recobré un poco de consciencia, me acomodé de forma que mi cobija improvisada me cubriera lo más posible. Y así transcurrió lenta y fría la noche, y ya entrado el amanecer, nos levantamos para otro irónico chapuzón en el agua fría del río. Esta vez notamos la cantidad de pececillos y crustáceos que habitaban ahí, y tras algunos intentos, logramos atrapar un pequeño langostino, con intención de cocinarlo para desayunar. Obviamente no lo hicimos, y lo dejamos en libertad nuevamente, pero la experiencia de atraparlo fue divertida.

Salimos del río, y nos preparábamos para desayunar. Entonces sentimos un fuerte antojo por un café, y cuando nos disponíamos a prepararlo, nos dimos cuenta que algo nos faltaba… No llevábamos agua, o al menos no la suficiente. Llevábamos si acaso unos pocos litros, que nos habíamos terminado el día anterior, sobretodo durante el camino. Entonces recordamos que en dicho camino, nos detuvimos a pedir indicaciones en una casa que encontramos, por lo que algunos del grupo emprendieron el viaje hacia allá con la esperanza de que el dueño de la casa nos regalara algo de agua. Luego de un par de horas, regresaron con las manos vacías, pues según el terrateniente, él no compraba agua potable, sino que usaba el agua del río para lo que necesitara, y lo único que les dio fue el consejo de “ahí nada más quítenle la tierrita“. No teniendo otra opción, eso fue lo que hicimos. Cubrimos la boca de la botella con una playera con la esperanza de filtrar el agua y poder recolectar un poco de ésta limpia para consumir. Algunos se rehusaron a beberla porque decían que olía y sabía a pescado; yo no sé si era algo psicológico de ellos o yo simplemente no lo percibía, pero para mí no tenía ningún sabor ni olor, y la tomé sin problemas.

Más tarde, mientras comenzábamos a recoger todo para irnos, nos dimos cuenta de algo, quizá un poco tarde. Notamos que justo donde habíamos colocado las cobijas para dormir, se encontraba un enorme hormiguero. Sí, había dormido encima de un hormiguero, pero lo extraño fue que no tenía ninguna marca de picaduras ni nada.

Finalmente, emprendimos el camino de regreso a la ciudad, cansados y aterrados, pero satisfechos con la experiencia. Ya de regreso, comencé a sentir comezón en una pierna… luego la otra… luego un brazo… luego el otro. Cuando me di cuenta, mis extremidades estaban cubiertas casi totalmente de ronchas, aún no sé si por piquetes de mosquito, o de hormiga, o de qué, pero la comezón se volvía cada vez más insoportable, y rascarme para buscar aliviarla sólo lo empeoraba. Quizá aún en el río seguía tan en contacto con mi lado salvaje, que por un momento me volví inmune a las picaduras, pero apenas volviendo a la civilización, la inmunidad se perdió y los piquetes comenzaron a hacer lo suyo. Duré al rededor de un mes lleno de ronchas y costras en brazos y piernas, y creo que aún tengo algunas marcas restantes del ataque, pero más que recordarme las picaduras, son el recuerdo de la gran experiencia de haber ido a acampar sin la preparación adecuada, y de haberme quedado dormido ebrio sobre un hormiguero, y esos son buenos recuerdos.

Sin dudarlo un segundo, volvería a acampar ahí, o donde sea, cuando sea, pero claro, esta vez ya sabemos cómo prepararnos mejor.

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4 thoughts on “Sköm El Salvaje

      1. I love to think you’re my personal demon…
        If this is my penitence, I’ll accept holding my heart in my lap

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