Es ya bien sabido que me encanta la CDMX, o Ciudad de México, o DF, pa’ los cuates antes de que a alguien se le ocurriera cambiar el nombre por algo con más letras y que daría más hueva estar escribiendo y diciendo todo el tiempo y PUTA MADRE EN SERIO ¿A QUIÉN CHINGADOS SE LE OCURRIÓ? …volviendo al tema, he hablado mucho sobre mis visitas a dicha ciudad, y también un poco sobre el tiempo que viví ahí; siendo esto último como un propósito que tenía desde hace muchos años. Pero vivir ahí hizo que, bueno, se me quitaran las ganas de vivir ahí. No me lo tomen a mal, la ciudad es un enorme e increíble lugar, lleno de sitios turísticos y de entretenimiento -que por desgracia no tuve oportunidad de visitar todos- con una diversidad cultural impresionante. Sí, pero me di cuenta que, es un lugar en el que no puedo pasar más de dos días, para ir de rol un rato, o a algún evento. Vivir ahí, además de una experiencia positiva y de muchísimo aprendizaje que me ha ayudado y seguirá ayudando donde quiera que esté, también tuvo sus momentos negativos y que me dejaron muy mal sabor de boca (ehm, no literalmente, porque en general me fascina la comida de allá).

Ya hablé antes sobre los prejuicios de la gente de por allá, pero eso fue sólo algo superficial. También he hablado sobre cómo prefería las tantas opciones de transporte de allá, a las de aquí. ¡Oh qué pinche equivocado estaba! Mientras que subirse al metro una o dos veces para ir del hotel a algún lugar y de regreso, es algo diferente a andar en un camión de acá, y se siente chido. Pero, tener que tomar el metro, o micro, o cualquier otro medio de transporte colectivo allá, a las horas pico, cuando van más llenos que la concha de su puta madre, desparramando gente por cualquier cavidad posible, con gente que suda como cerdo con apenas 25º… Prefiero un millón de veces subirme a un camión culero de aquí, aunque se me pasen tres antes de poder tomarlo, y cueste el doble o triple. Pero no era sólo el transporte, noooo… Al igual que los prejuicios y esas cosas, sólo eran cosas superficiales. Ahora sí, déjenme comenzar a relatar de manera lo más breve y concisa posible, los hechos ocurridos entre el 26 de abril y el 31 de julio del 2016…

Cuando recién pisé suelo chilango dicho 26 de abril, dadas las apresuradas circunstancias de mi mudanza, no tenía realmente dónde vivir. No tan dramáticamente, en realidad, tenía dónde llegar. Un conocido de la familia que vive allá, me ofreció quedarme en su departamento los primeros días mientras conseguía rentar un lugar. Así que dichos primeros días en la ciudad los pasé en su departamento, junto con sus dos roomies, un español y un alemán a quien realmente nunca vi salir del departamento ni cambiarse de ropa en el tiempo que estuve ahí. Todos hablábamos inglés y español perfectamente, así que la comunicación no era un problema; pero aún así, procuraba no pasar mucho tiempo ahí, además de que como recién llegado, tenía ese insaciable deseo por recorrer las calles que ya conocía, y conocer nuevos caminos. Además tenía que salir en mi búsqueda de un cuarto o departamento a dónde cambiarme. Así, el jueves de esa semana, tres días después de haber llegado, mi búsqueda terminó cuando por fin encontré un cuarto que parecía ideal. Era un cuarto compartido, pero fue lo más económico que encontré y que se ajustara a mi presupuesto. Además, estaba relativamente cerca de mi nuevo trabajo y la zona parecía tranquila y agradable, con muchas utilidades cercanas, como tiendas, mercados, lavanderías, centros comerciales, y más. Sólo había un diminuto detalle, que como aún no era día último, el cuarto, o pedazo de cuarto que pretendía rentar, aún no estaba desocupado. Pero me ofrecieron una alternativa, durante los días que faltaban, tres aproximadamente, me rentarían un cuarto individual por el mismo precio que el compartido. Me pareció una buena idea y bastante razonable, dada mi urgencia por mudarme; hasta que vi dicho cuarto individual.

Llamarlo cuarto era hacerle un favor. En realidad, era lo que al parecer solía ser un baño, en la azotea por cierto, y sólo quitaron la regadera y cualquier indicio de plomería que hubiera, dejaron un toallero como closet, pusieron una cajonera plástica, y una especie de librero que apenas y cabía sin obstruir la puerta, con una pequeña y vieja televisión en la que no se podía sintonizar canal alguno. La cama, por llamarle de una forma, era una vieja tarima de madera que aún no logro comprender cómo resistió mi peso, con un “colchón” de esponja tan incómodo que bien pude dormir en el piso y sentirme en una nube cobijado por sábanas de seda y nalguitas de ángeles y demás celestiales criaturas. Sin olvidar mencionar las dimensiones del llamado cuarto, que eran ocupadas en su mayoría por el intento de cama y los desechables muebles, y me obligaban a pasar todo el tiempo ahí sentado o acostado. Y por si fuera poco, la señal del WiFi ni siquiera llegaba bien.

Aún con todo eso, decidí tomarlo, ya que realmente no me quedaba mucho tiempo ni otra alternativa. Al día siguiente que me mudé, fue mi primer día en mi nuevo trabajo, así que me levanté muy temprano para prepararme, y fue cuando estaba por bañarme que agregué otro desperfecto a la ya interminable lista. El anuncio decía claramente que habría agua caliente las 24 horas, y cuando me dispongo a hacer uso de ésta, me encuentro con que, además de no haber presión, el agua estaba completamente helada. Eso aquí no me hubiera molestado, con el clima que nos cargamos no hay nada de malo en un baño con agua fría; pero allá, a las 7 de la mañana y con la baja temperatura que manejan, era algo impensable. Aún así, tuve que aventurarme a bañarme con apenas un chorrito de agua helada. Después de la refrescante experiencia, emprendí el viaje al trabajo.

Aún no conocía bien la zona de la oficina, ni las rutas de camiones por ahí, así que mi única opción por el momento era el metro, pero la estación más cercana a la oficina implicaba aún tener que hacer un recorrido a pié algo largo. Todo para, llegando yo puntualmente al trabajo, tener que esperar afuera casi una hora a que llegara alguien de la oficina a abrir. Poco a poco me fui dando cuenta de lo impuntuales que eran mis nuevos compañeros de trabajo, y lo realmente poco que eso importaba, y unas semanas después, ya estaba yo también llegando a sus mismas horas descaradamente, y levantándome a la hora a la que se suponía debería entrar a trabajar.

A la semana siguiente por fin pude cambiarme al cuarto al que se suponía que me cambiaría desde un principio, y bueno, mientras que esperaba que las cosas fueran un poco mejor, en realidad empeoraron. Verán, siendo hijo único, crecí acostumbrado a no compartir cuarto. Estoy acostumbrado a tener mi propio cuarto, mi propio espacio, mis cosas donde yo quiero que estén, como yo quiero que estén. Y el repentino cambio a vivir con entre 3 o a veces 5 roomies, en un solo cuarto, fue algo desastroso. Sí, ya había vivido antes allá hace unos años, compartiendo cuarto con más personas, pero esa vez fue con amigos, gente a quien conozco ya de hace años y sé cómo se manejan en sus hábitos cotidianos; pero llegar de chingazo con gente extraña, de quien no conoces absolutamente nada, no sólo es incómodo sino también peligroso. Dado que la casa y la oficina eran donde pasaba la mayor parte del tiempo, tenía que hallar la manera de llevar todo armoniosamente, pero nadie en dichos lugares ayudaba a dicho propósito. Los compañeros de cuarto eran variados, y eso sin contar los del resto de la casa, que daban un total como de 12 personas, si no es que más. Para no entrar mucho en detalles, los describiré a grandes rasgos como personas jodonas y maricas. No había respeto por los horarios o costumbres de los demás, podrían ser las 3 de la mañana mientras trataba de dormir, y siempre había alguien en la computadora, o viendo la televisión, o que llegaba y prendía la luz como si no hubiera nadie más en la habitación. Ah pero no podías hacerles ni un ruidito porque luego luego ahí estaban llorando. Además de los ronquidos y las alarmas todas las noches y madrugadas, levantarse a bañarse cada día con la esperanza de alcanzar al menos un poco de agua caliente, o de que no hayan apagado el boiler, porque en el baño de ese cuarto sí había presión y agua caliente, pero la última era cuestión de suerte o de levantarse antes que los demás, lo cuál no pensaba hacer.

Había sólo un refrigerador para las cosas de todos los inquilinos, y muchas veces las cosas se confundían con los de algún otro. El espacio en los anaqueles para el resto de los víveres era limitado, y muchas veces terminaban cayendo en el de alguien más y ya no sabías si eran tuyos o no. Perdí mucho del espacio y la privacidad a los que estoy acostumbrado, y es cuando realmente comenzaba a valorar lo que tenía antes de irme.

Pero aún con toda esa gente, con todas sus malas costumbres y los desperfectos de la casa, lo más pesado con lo que tuve que lidiar allá, fue la desesperante soledad. Había dejado a mi familia y amigos, y se habían acabado los fines de semana a los que estaba tan acostumbrado a pasar en alguna fiesta o bar con mis amigos, o simplemente en casa de alguno de ellos. Por un lado, tuve oportunidad, más por fuerza que por voluntad propia, de pasar tiempo conmigo mismo, y salir a pasear, al cine, a un bar, yo solo, y disfrutar de ese tiempo por mí mismo. Fue chido, sí, pero nunca falta esa necesidad de socializar y compartir con alguien. Así que, dado que no soy muy bueno haciendo amistades nuevas en persona, y no muy orgulloso de admitirlo, recurrí a… redes sociales alternativas, con la esperanza de conocer gente de la ciudad con intereses comunes con quien socializar un poco más.

Y fue así como, unos días después, conocí a una chica con la que comencé a congeniar bastante bien. Todo comenzaba a ser agradable, decidimos salir algunas veces y las cosas iban bien, y un día de repente, nos hicimos novios. Fue algo un poco inesperado, y la verdad dudaba en hacerlo, pero pensé, qué más da si la cago como la había cagado tanto antes de irme, es una nueva vida, un nuevo comienzo en un nuevo lugar, con nuevas personas. Creo que debí pensarlo más de dos veces. Ya ella me había dicho que haría las prácticas de su carrera en otra ciudad, en Mérida. Todo normal hasta ahí, ¿no?, pues estando cerca el día en que se iría, comenzó a evitarme, y a usar cualquier pretexto para no verme; y así, sin más, sólo se fue. Y bueno, sólo me quedé como de “¿qué puto pedo?”, hasta que un día sin que hacer, y por mera curiosidad, descubrí en su perfil de Facebook que, desde antes de conocerme, ella ya tenía novio. ¿Y de dónde creen que era el pelado? ¡Pues de Mérida! Unos días después ella me habló, para decirme que había decidido quedarse allá, cosa que para nada me tomó por sorpresa, ni mucho menos fue de importancia para mí. La verdad ya había perdido interés en ella desde que me enteré de lo que tramaba, y sinceramente no considero esa relación como real. Si me preguntan, jamás ocurrió.

Para ese entonces yo ya había decidido regresar para acá, y a la vez, jamás regresar a vivir allá. Iría de paseo, a algún concierto, o sólo a visitar mis lugares favoritos de la ciudad, pero vivir ahí definitivamente ya no es opción. No fue sólo por lo ocurrido durante mi estancia ahí, la gente o el agitado estilo de vida al que me enfrenté. Hubo sucesos mucho antes que eso, experiencias que dejaron marcada mi impresión de la ciudad, y que, cuando viví ahí, me hacían salir cada día con el miedo de encontrar algo ahí que no querría ver. Es una ciudad enorme, y todo podía suceder. Pero esa es una historia para otra ocasión. Ahora, estoy realmente conforme con mi decisión de haber vuelto; pues eso me brindó muchísimas oportunidades por las que estoy completamente agradecido, y que quizá no habría encontrado allá. Aún con todas las dificultades, fue un viaje muy satisfactorio, como se me había predicho que tendría.

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One thought on “¿Qué le hicieron a Sköm en CDMX?

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